El Nacimiento de Olivia

Las sesiones de nacimiento son muy especiales

Muchos estáis dudando si hacerlas, en buena parte por tener a una persona ajena junto a vosotros en un momento en el que lo que más apetece es la soledad y el recogimiento. Por eso me gusta, siempre que es posible, compartir historias de parejas que han confiado en mí, para que entendáis que esta no es una sesión cualquiera en la que ves unas fotos, te gustan, llamas y quedas un día para hacerlas. Son sesiones en las que tenéis que conectar y confiar en la fotógrafa. Son sesiones en las que no guiaremos ese día, pero de las que habremos hablado hasta la saciedad. Recogeré momentos respetando vuestra intimidad y contando vuestra historia desde la distancia y el respeto.

Por eso os animo a traspasar la pantalla y coger el teléfono, porque yo creo que gano mucho en las distancias cortas.

Hoy os traigo una historia muy especial, porque es una sesión por la que sabéis que siento debilidad; porque sus protagonistas me robaron el corazón desde el minuto uno en que nos encontramos en un café de Madrid; y porque demuestra que los planes no siempre salen como uno quiere, pero no por ello salen mal.

R y A estaban algo descolocados por el embarazo, pero R sabía que era algo especial, algo que ella había querido siempre, aunque quizá no en aquel momento. Yo al principio no lo entendía: era su segundo hijo, pero hablaba como una primeriza. Cuando los conocí lo entendí todo. L, su primer hijo, había llegado a su familia a través de la adopción y, aunque su mundo se había vuelto del revés ante la preciosa criatura que vino a convertirlos en una familia de tres, el embarazo de Olivia era su primera experiencia de gestación.

Cuando me dijo que quería que Olivia naciera en casa y que el equipo que la acompañaría serían mis queridas amigas de Ancara Perinatal, mi cuerpo se relajó: sabía que estaba en buenas manos.

R y A son personas que me atraparon por su forma de mirar y vivir la vida. Era muy distinta a la mía, pero las ganas de conectar, la dulzura de R y la sonrisa de A me conquistaron. Aparte de ellos, me enamoré perdidamente de los rizos de L y su lengua de trapo.

Nos reunimos varias veces: nos conocimos, hablamos de su plan de parto, sus expectativas, su casa, sus adorables galgos e hicimos una sesión de embarazo… Todo ello hace que me sea más fácil diluirme en el momento clave, porque hemos forjado una confianza que hace que, cuando llegue el nacimiento, todos sepamos que el otro está donde tiene que estar y pendiente de lo que tiene que hacer.

Era un mes complicado: Navidades, otras mamás que se habían animado a dar a luz teniendo a mi objetivo de testigo… Pero, de alguna manera, Olivia me quiso dar la oportunidad de estar allí.

Así que cuando sonó el teléfono todo estaba preparado y llegué a su casa cuando comenzaba a entrar la luz de la mañana y el pequeño L despertaba.

Por supuesto, las fotógrafas de nacimiento ya tenemos claro que, por mucha luz que haya fuera, vamos a meternos en una cueva: un lugar donde la mujer puede aislarse de los estímulos externos y centrarse en escuchar a su cuerpo y, sobre todo, en moverse (o no) como le pida.

Ya había tenido la experiencia de tener a un hermano mayor pululando por la casa en el parto de Olimpia, pero L era más pequeño y eso se notaba en cómo conectaba y desconectaba de la situación. Aun así, me regaló momentos mágicos mientras R estaba concentrada en su dilatación.

Empezaron en su bañera. Pronto los dolores se hicieron más intensos y parecía que, además del agua, necesitaba movilidad y mayor contacto con su compañero.

Ayudamos a montar la bañera en una habitación especialmente preparada para el momento, bajo la atenta mirada canina y el apoyo de la abuela materna que hacía a L más llevadera la espera.

La bañera nos regaló momentos intensos, con pocos de relajación… Cuando pasan muchas horas, el cuerpo se resiente, flaqueamos y, como el dolor no es percibido por todos de la misma manera, R empezó a acusar las largas horas dilatando.

Probaron la cama, de pie… pero todo parecía molestar, todo dolía rozando ese umbral.

Al final, R y el equipo de matronas valoraron que la opción de dar a luz en casa no iba a ser posible. Así que hicimos la bolsa en un minuto, con las cosas que mi cabeza logró recordar, y la fiesta se trasladó al hospital que había elegido R (y que estaba a una distancia adecuada).

Aquí entra esa parte no planificada, esa parte que a veces empieza a sembrar la culpa: «no he sido capaz», «no he aguantado»… Y qué poca razón tienen esas frases, por mucho que nos las repitamos por dentro.

Por mi parte no pude entrar al hospital. De partida, no habíamos pedido permiso con antelación y, además, tenían prioridad la doula o la matrona domiciliaria (que, por desgracia, tampoco pudieron pasar).

El primer encuentro entre hermanos

Pero buena parte quedó compensada con otra de mis sesiones favoritas: el primer encuentro entre hermanos. Un momento que necesita ser vivido intensamente por todos, sin dispositivos en las manos, pero que de alguna manera también merece ser documentado por su trascendencia. Sobre ello os hablé en «Bienvenido, hermano/a».

Olivia vino al mundo rodeada del amor de sus padres y no podía ser más bonita. Redonda, ojos azules, boca predispuesta a la sonrisa…

Estuve un rato a solas con los tres, centrándome en esos momentos de puro amor que se generan al examinar todos los detalles del bebé, cambiarla, descubrirla…

Luego llegó L y llegaron las caricias, las preguntas, los nervios… Pero todo fue de maravilla y sus padres pudieron centrarse en él: explicándole todo, enseñándole la habitación, la cama (benditos mandos de subir y bajar, que no dejan indiferente a ningún niño).

Ahora, ya los cuatro, vivieron unos instantes de intimidad para conocerse y Olivia no quedó indiferente a su hermano, dedicándole miradas intensas de esas que te hacen dudar de si realmente los recién nacidos no ven más allá de unos cuantos centímetros.

Más tarde llegaron también los abuelos, bisabuelos, tíos… Bueno, la algarabía. Todo ello quedó documentado para que, pasado el tiempo, Olivia y L puedan recordar cómo se vivieron esos primeros momentos en los que ella vino al mundo.

Como siempre os digo, mi mejor regalo sois vosotros y vuestras palabras. R y A me han regalado mucho, pero ahora toca darles las gracias por estos pedacitos que me han dejado mostrar, intentando siempre mantener su intimidad y, sobre todo, la de su hijo L.

GRACIAS por permitirme contar vuestra historia y vivirla junto a vosotros.

Y a todos los que habéis leído hasta aquí, gracias también. Vuestras visitas y vuestros comentarios, aquí o en redes sociales, me dan un retorno enorme y fuerzas para seguir día a día llegando más lejos, hasta más familias bonitas que quieren contar conmigo.

¿No me conocéis todavía? Si queréis saber cómo acompaño y fotografío los nacimientos, podéis descubrirlo aquí. Y si os apetece que hablemos de vuestra historia, escribidme. Mi casa está abierta.

3 comentarios

  1. Hola Eva. Sigues fotografiando partos? Seria en Burgos.
    Diciembre

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